Ayer te enterré Sandrita. Gracias a Domi, que consiguió a través de Lili, el poder hacerlo en el jardín de su tío Ernesto, en la casa de Cieneguilla. Ahí estás hoy, o mejor dicho, tu cuerpo es el que está ahí, en la tumba que cavé yo mismo, con ayuda también de Domi, y en donde deposité tu cuerpo. Ahí estás, debajo de
esa piedra que representa tu lápida, y que fue lo que pude conseguirte, además de las florcitas que Domi recolectó para adornar tu lugar desde ayer en adelante. Pero tu lugar verdadero sabes que no es ahí, aunque por cierto, hay otros perros haciéndote compañía, son pelados y parece que tiemblan de miedo todo el día, así son los “perros peruanos”, ojalá no te molesten mucho nomás. Tu lugar es en tu casa, en la cama de mi papá, en los muebles de la sala, en la azotea cuando sale sol, como ayer, y en mi cama, cuando te obligaba a dormir ahí para que no estés sola cuando mi papá salía de viaje. Ayer me enteré que ahí, en ese jardín donde ahora descansas, también lo hacen otros perritos que fueron muy queridos por sus dueños, de modo que, de alguna manera, no pude haber encontrado un lugar mejor para ti, uno elegido no sólo por mi sino por otras personas anteriormente como el lugar de reposo para seres especiales y tan amados como tu, y además, uno donde no te vayas a encontrar sola nunca y siempre tengas un ladrido de compañía.
Cuando llegué a buscarte, luego de recibir la llamada de mi papá comunicándome la decisión final, salí corriendo de la oficina, manejé (inconscientemente) del modo mas imprudente que pude, y llegué a la clínica veterinaria esperando aun encontrarte con vida. Al llegar, estabas en ese frío y oscuro canil, tan distinto a tu casa, a los muebles de la sala que hiciste tuyos, y al verte cabizbaja y triste, te llamé por tu nombre, y no quisiste voltear. Estabas molesta, sin comprender seguramente qué hacías ahí, o quizás sí, al sentirte enferma y percibir ese olor a sufrimiento y muerte de la veterinaria, y te entiendo, te pido perdón, pero no dependía de mí. Es por eso que me acerqué, te
hablé, y luego de un momento me hiciste caso. Te acaricié, y esperando que el doctor termine la consulta en curso, me quedé contigo varios minutos. Luego no pude mas e interrumpí su consulta, hecho un manojo de nervios y lágrimas, y le pedí que por favor me dijera qué era lo que te pasaba. Corazón, tus riñones no funcionaban más, y no había operación ni tratamiento que pueda con eso. La hemodiálisis no es una opción para ustedes nuestros animales en este país, y si bien estabas despierta y consciente, ibas a seguir sufriendo y debilitándote como lo viniste haciendo progresivamente durante las últimas semanas. Es ahí que, luego de negociar alguna salida o tratamiento y darme cuenta que no había solución, maldita sea cómo puede ser que no haya solución, así me endeude de por vida, alguna pastilla o tratamiento, no señor, lo siento muchísimo, su perrita va a empeorar como lo ha venido haciendo, y va a sufrir aun mas, ahí decidí abrir la reja del canil y llevarte al jardín, a que te eches al sol y disfrutes tu última tarde, mi perra. En ese momento llegó ese dogo blanco con la pata rota y lo tuvieron que atender, de modo que pudimos estar mas tiempo juntos, así conversamos un buen rato, ¿te acuerdas?, luego llegó también esa cachorra pitbull que se acercó a
olerte y molestarte un poco por el nerviosismo de su juventud, y tu pusiste las orejas para atrás como cuando jugabas con Mandinga: te volviste mansa, dejaste que jugaran contigo, a una desconocida le permitiste jugar contigo en tu última tarde, y es que, ¿tan abandonada te he tenido como para que aceptes jugar, tu, perra brava, con esta cachorra imprudente? ¿o es que no querías renegar más, a raíz de tu vejez y enfermedad? Ni tan vieja Sandrita, pero ya doce años no son pocos tampoco. Luego atendieron a la cachorra y saliste del jardín, te acercaste a mí, y te echaste con tus patas derechitas, como siempre lo has hecho Señorita, y la debilidad de tus últimos días se esfumó por un segundo para dejarme acariciar tu lomo, tu cuello, y darte besos como siempre, los últimos, no importa, pero llévate mi recuerdo corcoi, llévatelo por siempre mi reina, cuéntale a Babú, a Mandinga, y a todo el resto que los extrañamos a todos, y eres tú la última que completa el ciclo y cierra la puerta, dejando ese terrible vacío en la casa y en el corazón, de toda una familia incompleta de cariño, de protección, y de compañía.
Cuando salió el doctor y me pidió que pases, te cargué y abracé muy fuerte, te susurré cosas al oído que sólo tu sabes ahora, y te elevé para que puedas ver el cielo celeste, celeste en Lima, un lujo Sandrita, y el sol nos dio en la cara a los dos, te besé muy fuerte, te cargué una vez mas pidiéndote que veas el cielo de nuevo mi reina, mira las nubes blancas mi amor, recuerda el cielo celeste y claro como se ve desde aquí abajo, y cuando estés arriba cuídame por favor junto con el resto de ustedes que también allá están, te voy a extrañar mi perra, carajo, te voy a extrañar. Entramos a la sala y no quisiste echarte sobre esa fría mesa de aluminio, y tuve que pedirte que lo hagas. Como siempre, lo hiciste por mí, y te acaricié el pelo, la cabeza, te agradecí por haberme defendido tantas veces y acompañado a la playa, a larcomar de noche, a montar bici por la resi de madrugada, a vagar por el barrio, a la playa de nuevo mil veces, a la casa de Danny cuando no nos dejó pasar y nos fuimos paseando en la camioneta, tu sentada de copiloto, y yo con mi chela feliz por estar contigo, también fue un día soleado, un sábado aquella vez, en que me sentí feliz porque pasearas a mi lado flaquita linda, tu y yo, como cuando te llevé a la casa siendo bebita y eras rebelde y loca y te tuve que mandar pastillas calmantes desde Miami porque nada ni nadie podía contigo, todo eso te contaba cuando destapaban la vía que tenías puesta en tu patita y me pedían permiso para ponerte a dormir. ¿Sabías que te ponen a dormir literalmente? Te has ido como
cuando dormías donde mi papá, casi roncas, ¡conchuda!, agachaste tu cabeza lentamente, te quedaste dormida poquito a poco, con tus patas perfectamente alineadas hacia el norte, tus ojos se cerraron lentamente mientras yo te seguía agradeciendo por morderme a mí y a Phil cuando nos peleamos en el pasadizo de la casa, hasta ahora llevamos las cicatrices, que al final son como tatuajes pero con mejores historias, así como cuando me has escuchado llorar porque me dejó una u otra de las tantas enamoradas que conociste, ¿recuerdas? ni te imaginabas que iba a ser Domi quien te ayudaría a acomodar tu casita al final. Todos mis amigos te conocen y te quieren, y todos recuerdan cómo salías como loca por los gatos, y detrás de Babú, cuando trepaba los árboles como mono. Te dormiste para siempre y el estetoscopio ya no sonaba más en mi oído, te fuiste Sandrita, te fuiste carajo, qué mierda vamos a hacer en mi casa ahora sin ti, quién va acompañar a mi papá tocando guitarra y quién va a recibirme cuando llegue de la calle, dime quién… pues nadie.
Doce años contigo. Naciste el 22 de Octubre de 1999 y te fuiste el 22 de Febrero de 2011. Nada mal, cambiaste de siglo. Me enseñaste junto con Babú lo que es querer a alguien, a alguien que no es tu familia o tu amigo o tu flaca; me enseñaste a querer a un compañero de verdad, incondicional, que no te juzga ni te culpa, que no te pide nada mas que amor y amor y amor y amor, me acompañaste durante buena parte de mi adolescencia así como a mi hermano menor, te convertiste en la compañera única de mi papá y en la razón por la cual nunca mas pintamos la casa, para qué, si es de Sandra y ella va a hacer lo que quiera. Te quiero, te queremos, siempre perra linda y brava, siempre estarás en mi corazón y en mis recuerdos, y hoy, un día después de que te fuiste en mis brazos, el sol no ha salido a pesar de ser verano, no he dormido en mi casa, y no he vuelto del trabajo. No sé que me espera al pasar esa puerta, subir esas escaleras, y llegar al cuarto de mi papá. Tu vacío es grande, pero tu presencia es aun mayor. Te quiero Sandrita, fuste siempre la mejor.
SANDRITA
22/10/1999 – 22/02/2011